Máquinas de la fábrica a la casa

Desde participar en la construcción de un automóvil hasta hacer la limpieza del hogar. Cada vez se diversifican más los usos de los robots. La realidad alcanza a la ficción

Por: Tomás Unger

Gracias al cine y a la televisión la palabra “robot” nos evoca imágenes de ciencia ficción. El señor Data de “Viaje a las estrellas” y el Terminator (hoy gobernador de California) son ejemplos clásicos. Aunque todavía muy lejos de los del cine, están los robots antropomorfos (de forma humana) que varias fábricas japonesas han construido para lucir su alto nivel de tecnología. Asimo, de Honda, saluda a los visitantes y sirve bebidas; Topio, de Tosy, juega pimpón y Partner, de Toyota, toca trompeta. Todos ellos caminan y, si bien son un impresionante alarde de tecnología, difieren sustancialmente de los millones de robots que trabajan hoy en el mundo.
LA DEFINICIÓN
El nombre robot viene del checo (“robota” = “trabajo”, “robotnik” = “trabajador”), inventado por el escritor Karel Capek en 1920 para los androides de su obra de teatro. Desde entonces se ha usado indiscriminadamente para describir diversas máquinas. La Organización Internacional para la Estandarización (ISO, por sus siglas en inglés) tiene una definición: “Un manipulador multipropósito para aplicaciones industriales automáticas que se mueve en tres ejes, programable y reprogramable, controlado automáticamente pudiendo estar fijo o móvil”*.
Más sencillamente, una máquina capaz de adecuar sus acciones a las demandas de su entorno.
Dicho en otra forma, la información de sensores le permite actuar de manera prevista para las circunstancias. Este concepto se puede ampliar diciendo que el robot “interactúa con su entorno”, pudiendo decidir entre alternativas de acción. Hoy existe una gran variedad de aparatos que cumplen con estos requisitos, desde aspiradoras hasta vehículos exploradores de Marte, pasando por casi un millón de máquinas industriales; todos ellos son robots.
INDUSTRIA Y SERVICIOS
Actualmente hay cerca de un millón de robots trabajando en fábricas en diversas tareas: desde armar automóviles y envasar productos hasta fabricar microchips. Los robots industriales han permitido desarrollar tecnologías que han sido luego aplicadas a otros usos, abaratando la fabricación de sistemas automáticos. Un buen ejemplo son los robots de servicio, como el Roomba (se pronuncia “rumba”). Aunque su nombre evoca el baile, es una aspiradora de la cual ya se han vendido 3 millones de unidades. Un disco de 34 cm de diámetro por 9 cm de alto, Roomba se pasea por la casa recogiendo basura y evitando obstáculos. Cuando no queda nada por limpiar regresa a su enchufe para recargar baterías.
Un aparato similar producido por una fábrica de motos sueca se encarga de cortar el pasto evitando juguetes u objetos tirados en el jardín. Para que no se escape a la casa vecina, se coloca un alambre que limita su campo de acción. Robots de servicio más complicados reparten correspondencia y útiles en las fábricas y otros distribuyen café y sándwiches. Robots con diverso grado de complejidad cumplen tareas de servicio en diversas actividades.
En Hong Kong se fabrica un guardián para la casa, conectado por Wi-Fi a la computadora, que informa sobre lo que pasa en la vivienda. Su cámara recorre todo y si el gato se está metiendo a la despensa, desde la computadora o el teléfono celular se le puede espantar. Si estiramos la definición, podríamos incluir entre los robots de servicio los exploradores de Marte que trabajan para la NASA, controlados desde la Tierra, recogiendo y analizando muestras del suelo marciano, enviando fotos e informando sobre su entorno.
Entre los llamados robots de servicio están los que cumplen tareas peligrosas, desde desarmar bombas hasta inspeccionar edificios colapsados, derrumbes y actuar en situaciones donde peligra la vida humana. Esta cualidad ha llevado a los robots a la guerra, donde reemplazan a soldados y pilotos. Hoy, la mayoría de los vuelos de reconocimiento y parte de las incursiones aéreas en los campos de batalla los hacen pequeños aviones sin piloto, provistos de sensores e instrumentos. A veces se equivocan, lo cual le puede costar la vida a los que están en tierra, pero no muere ningún piloto.
LA EVOLUCIÓN
Tres elementos son esenciales para el funcionamiento del robot: los sensores, los actuadores y los programas. Los sensores informan al robot sobre el entorno y pueden ser ópticos, acústicos, táctiles o químicos, como nuestros sentidos, con diversos grados de sensibilidad. Los actuadores son los mecanismos que ejecutan los movimientos necesarios para responder a una situación determinada y los programas procesan la información y deciden la acción a tomar. La tecnología ha evolucionado en los tres campos.
Los sensores hoy son minúsculas cámaras, se ha reducido el tamaño de los micrófonos y aumentado la sensibilidad de los detectores de presión. Los actuadores han adquirido un alto grado de control al punto que hoy existe una mano artificial, manejada por un guante, capaz de sacar un huevo de una cesta sin romperlo. Pequeños músculos neumáticos controlan los dedos, mientras que una membrana piezoeléctrica (que produce electricidad por presión) transmite la sensación al guante del operador. Cuando el operador pueda ser reemplazado por un programa, será posible la verdadera mano robótica capaz de operaciones delicadas.
DE VUELTA AL FUTURO
Si bien la imagen del robot sigue siendo la de los androides del cine y los perritos de juguete que ladran y saludan, los millones de robots operativos son máquinas con determinadas funciones que no se asemejan al hombre pero lo reemplazan en diversas tareas. Ya sea por repetitivas, peligrosas o demasiado costosas para ser llevadas a cabo por humanos, las tareas del robot van en aumento. En la medida en que se asemejan más a la actividad humana, el robot que las ejecuta es más antropomorfo ya sea por sus actitudes, movimientos o forma.
En una reciente feria coreana la recepcionista era un maniquí que contestaba preguntas en varios idiomas, hacía gestos de cortesía y daba indicaciones con la mano. Todas son funciones posibles de hacer con una pantalla, un parlante y una cámara; sin embargo, el haberlas instalado en un maniquí cambia la percepción de quienes interactúan con ella. La sensación de observar una forma humana con gestos, voz y respuestas nos acerca a la idea de que el señor Data y Terminator son posibles.
La realidad es otra. El razonamiento y decisiones de los robots de ficción están fuera del alcance de la tecnología actual. En alguna ocasión hemos explicado {ver El Comercio de fecha 7 de abril del 2009 o aquí más arriba} la diferencia entre los procesos del cerebro humano y los de la computadora más potente, que a su lado es un juguete de cuerda. Aun así, si bien los programas que manejan al robot no pueden alcanzar el nivel del cerebro humano, el progreso de los sensores, actuadores y programas podrá hacerlos capaces de realizar tareas cada vez más complejas.
Uno de los campos en los cuales esta evolución está avanzando a paso acelerado es el militar. El matar sin exponerse a morir siempre ha sido un anhelo, desde los cazadores neolíticos hasta los generales de hoy. Ejecutar tareas peligrosas y explorar lo desconocido son también metas antiguas en las que el robot puede reemplazar exitosamente al hombre. A medida que avanza la tecnología tendremos un número cada vez mayor de máquinas que nos reemplacen. Es más, a través de ellas, como en el caso de los exploradores en Marte, podremos llevar a cabo tareas imposibles para el hombre. Ya no lo llegaré a ver, pero quizá en un futuro no tan lejano el gobernador de California pueda ser un robot de verdad.

Textos tomados del diario El Comercio
25 de agosto de 2009.